LA GRAN CUENCA

La Gran Cuenca

Antaño la Gran Cuenca estuvo formada por una sucesión de lagos rodeados de montañas y llenos del agua del deshielo de los glaciares del último período glaciar. Milenios de intenso calor estival han convertido los antiguos le Gran cuenca chos de los lagos en un desierto pedregoso y los ríos de las tierras altas circundantes desembocan en pequeños lagos alcalinos o, lisa y llanamente, se pierden en el suelo.

No es fácil sobrevivir en esta reseca tierra de artemisa, pinos piñoneros y enebro en la que abundan los animales de caza de pequeño tamaño, como las ardillas, las ratas y las liebres, que hacen la madriguera o refugio entre las piedras y que se alimentan de semillas, hierbas y muy poca agua. Los ciervos y los antílopes escasean y no se alejan de las orillas de lagos y ríos, en los que pastan y ramonean. Este terreno inhóspito también es la morada tradicional de los pueblos cazadores y recolectores de las naciones shoshona, ute y paiute.

En los sectores más áridos de la cuenca, los pobladores dedicaban la mayor parte del año a recorrer el desierto en pequeños grupos familiares. Como ningún sitio producía alimento suficiente para sustentar la vida aldeana, el arraigado sentido de la territorialidad estaba ausente. Las moradas eran sencillas estructuras cónicas abiertas en la parte superior, fabricadas con estructuras de sauce llorón y revestidas de broza o juncos. Cazaban y recolectaban lo que el desierto producía a lo largo del año, desde pequeños animales de caza, piñones y semillas hasta hormigas, saltamontes, lagartos cornudos y lagartijas.

Como disponían de una provisión relativamente escasa de alimentos, los shoshones y otros habitantes de las zonas más áridas respetaron los sutiles ritmos del desierto a fin de aprovechar las riquezas estacionales. Al llegar la primavera, las ardillas terrestres y las marmotas todavía estaban gordas y se movían lentamente después de la época de hibernación. Durante los apareamientos de primavera, los urogallos de las artemisas estaban distraídos y los cazaban con redes. Los que vivían en las proximidades de lagos y ríos capturaban peces todo el año.

Al acercarse el otoño, las familias dispersas se reunían y recogían colectivamente piñones. Almacenaban en fosos lo que no ingerían a fin de comerlo durante el invierno. Para capturar antílopes, los shoshones construyeron grandes corrales de 3,2 km de longitud con artemisas, piedras y madera, corrales que los animales no podían salvar de un salto. Sacaban a los conejos de los arbustos y la artemisa y los cazaban con redes. Esta época de abundancia era decisiva para la supervivencia invernal y para el bienestar espiritual. A través de las ceremonias y de las tareas compartidas los pueblos reafirmaban ta identidad colectiva y la integridad tribal.

La región ocupada por los utes era lo bastante húmeda para sustentar grandes animales de caza como alces, bisontes y musmones, mientras que los paiutes del este de Sierra Nevada regaban los prados y mantenían más tiempo las provisiones de alimentos.

Al igual que en otros puntos, los europeos ejercieron una fuerte influencia en la Gran Cuenca y en sus habitantes. Con la introducción del caballo, ocurrida h. 1700, los shoshones se dirigieron a las llanuras en busca de recursos y asimilaron las tradiciones de la zona. Cuando en California y en Nevada occidental se encontró oro, los aborígenes de la cuenca no pudieron repeler las incursiones de los blancos, pues carecían de tradición guerrera y de armas con las que luchar. En 1863 el gobierno de Estados Unidos se apoderó de la región y, en 1874, la mayoría de los indios se habían convertido en mano de obra asalariada o dependían totalmente del gobierno.