LAS ALDEAS DE LOS HAIDAS

El archipiélago de la reina Carlota, en la Columbia Británica, es el hogar de los haidas, que lo llaman Haída Gwaií («las islas del pueblo»). Se trata de una orgullosa población marítima que extrae una gran riqueza del mar y en el pasado sus aldea s fueron las más prósperas de la costa noroccidental. Hasta la llegada de los europeos, en la década del setenta del siglo XVIII, los cerca de 7.000 haidas habitaban más de 30 aldeas costeras, formadas por viviendas de sólidos tablones de cedro. Algunos asentamientos sólo estaban constituidos por un grupúsculo de casas, mientras que otros se extendían 1,5 km a lo largo del litoral.

Como otras viviendas del norte de la región noroccidental, las casas de los haidas eran grandes, rectangulares y estaban ocupadas por varias familias emparentadas. Una vivienda típica tenía los postes de las esquinas, los postes interiores que sustentaban las vigas del techo y las paredes, el techo y el suelo de cedro. Estos estaban sujetos a las vigas con cuerdas o con clavijas de madera. Junto a las paredes interiores había plataformas para sentarse y para dormir y cada grupo familiar quedaba separado por tabiques de madera o esteras de cedro.

Las familias se acomodaban según su condición social: el jefe en el mejor emplazamiento -el extremo más alejado de la entrada- y los esclavos junto a la puerta. Las viviendas tradicionales de los haidas contaban con un único hogar central y no había más aberturas que la puerta y el orificio del techo por el que salía el humo. En ocasiones la puerta tenía el perfil de una figura pintada en la fachada o tallada en un poste totémico.

Dichas aberturas reflejaban la naturaleza uterina de las moradas. Las aldeas estaban ocupadas principalmente en invierno ya que, en verano, los habitantes se trasladaban a campamentos provisionales a fin de cosechar los alimentos a medida que maduraban.

Al ver una aldea halda tal como estaba en el siglo XIX, cualquier forastero se habría asombrado al ver el bosque de postes de cedro tallado, situados entre las viviendas de las aldeas haldas. Estos aborígenes tenían más postes y de mayor altura que los de cualquier otro pueblo de la costa noroccidental. Existían tres tipos principales: el poste totémico. que exhibía el emblema de las familias que moraban en el interior de cada casa; el poste conmemorativo, erigido en recuerdo a los antepasados a los que se rendían honores y el poste mortuorio, sobre el que reposaba el cofre con los restos de los antepasados.

Durante las últimas décadas del siglo XIX, las enfermedades europeas y los programas gubernamentales y misioneros de reasentamienio provocaron la despoblación y el abandono de muchas aldeas.

En 1900, los aproximadamente mil haldas supervivientes estaban instalados en Massett y en Skidegate -poblaciones administradas por los misioneros-, al norte del archipiélago de la reina Carlota. A partir de 1890, Yan quedó deshabitada. En 1991, los descendientes de los últimos residentes en Yan se reunieron en la aldea abandonada para la ceremonia de colocación del nuevo poste totémico que representa al. clan del oso. El poste de cedro fue tallado por Jim Hart, integrante de la nueva generación de artistas autóctonos que, a lo largo de las tres últimas décadas se han dedicado ai resurgimiento y la conservación de las antiguas habilidades tallistas de los habitantes de la costa noroccidental.

Las aldeas haldas abandonadas no tardaron en deteriorarse. Los blancos cortaron los postes tallados para hacer leña, los enviaron a museos o dejaron que se pudriesen.