LAS SOCIEDADES SAGRADAS

Salvo las muy reducidas, las culturas tienden a organizarse en grupos que no se basan principalmente en las relaciones de parentesco. En el caso de los aborígenes norteamericanos, estos agrupamientos adoptaron casi siempre la forma de sociedades s agradas, asociaciones que se fundamentaban en determinado ideal, ritual, ser u objeto sagrados. A veces estaban relacionadas de forma directa con determinados clanes, pero no necesariamente tenían que existir estructuras de parentesco. Aunque el individuo y su vida ritual personal eran importantes, la pertenencia a una sociedad sagrada proporcionaba una identidad social más definida. Si dichas sociedades no existían o funcionaban incorrectamente, el pueblo tenía la sensación de que su supervivencia corría peligro.

Las sociedades sagradas obtenían su poder del mundo de los espíritus. Por ejemplo, entre los kwakiutl determinados espíritus participaban en los ritos iniciáticos adoptando la forma de títeres o personificadores. A veces el poder de una sociedad se basaba en un hato sagrado de objetos que una tribu o clan dejaba a su cuidado. Los hatos sagrados eran el centro de ceremonias especiales.

Para los pawnees de las llanuras, muchos hitos sagrados estaba estrechamente relacionados con las estrellas y albergaban símbolos de las fuerzas cósmicas. También podían representar las características psicológicas o fundamentales de la divinidad a la que el hato estaba consagrado. El hato propiamente dicho podía ser un trozo de cuero con estrellas pintadas y envolver objetos como mazorcas, por lo que representaba la renovación anual de la tierra. El hato del cráneo de los pawnees de Skidi originalmente albergaba lo que, según decían, era el cráneo del primer hombre. Finalmente se rompió y fue reemplazado por el de un jefe importante. Las sociedades de curadores o sanadores destacaron en gran medida en el noreste.

Los hurones temían las enfermedades y, por consiguiente, valoraron enormemente las sociedades de curadores. Cada una contaba con un líder y el cargo era hereditario; en ocasiones el líder también era un importante jefe tribal. La atirenda era una sociedad de sanadores compuesta por ochenta miembros, incluidas seis mujeres. Cuando interpretaban la danza principal, la otakrendoiae, los miembros simulaban matarse entre sí con amuletos como garras de oso, dientes de lobo o piedras. La atirenda estaba específicamente dirigida a curar las hernias.

Los integrantes de la sociedad iroquesa de los Falsos Rostros lucían la máscara de «Cara Torcida» para rendir homenaje a su ser guardián, el gigante que en cierta ocasión desafió al Creador a una prueba de fuerza que consistía en trasladar una montaña. El gigante apenas pudo moverla y el Creador tuvo tanto éxito que la montaña golpeó a su contrincante en plena cara sin darle tiempo a apartarse. Escarmentado, el gigante acordó que, a partir de ese momento, cuidaría la salud del pueblo. De todos modos, su rostro quedó definitivamente torcido.

Las sociedades sagradas fueron un eficaz instrumento de control social porque se convirtieron en una manera conveniente de educar a los jóvenes y de delegar las responsabilidades cívicas y las obligaciones sagradas. Para algunos pueblos, las sociedades sagradas desempeñaron un papel decisivo en el gobierno de la tribu. Los cherokís orientales de Carolina del Norte (los que lograron salvarse del traslado obligado de su pueblo a Oklahoma) coordinaron perfectamente las actividades políticas con el ciclo de las principales ceremonias religiosas. Los funcionarios tribales formaban parte de una de las dos sociedades sagradas: la organización blanca de la paz y la organización roja de la guerra. Los jefes de la primera, así como sus asistentes y siete asesores, formaban el tribunal civil y religioso del poblado. Estaban a cargo del ciclo ritual que incluía varias ceremonias del maíz y las de la «reconciliación», la «luna nueva» y el «salto de los matorrales». También cumplían obligaciones cívicas, actuaban como tribunal penal, controlaban los matrimonios y los divorcios y enseñaban a cazar a los niños.

La organización roja de la guerra se ocupaba de la totalidad de los aspectos bélicos, desde la convocatoria de los guerreros hasta el cómputo de los muertos, y llevaba a cabo ritos de purificación tanto antes como después de las batallas. Estaba dirigida por un jefe que contaba con la ayuda de diversos asesores, sanadores, mensajeros y exploradores, así como con la colaboración de varias matronas mayores y muy respetadas, a las que llamaban las «mujeres bonitas», que participaban activamente en el desarrollo de la guerra y en el destino de los cautivos.

Junto a las sociedades formadas exclusivamente por hombres también existían las de mujeres. Los pies negros del sur de Al-berta consideraban que las mujeres eran los cimientos de la humanidad y no celebraban ceremonias sin ellas. Eran las encargadas de guardar los hatos sagrados, sin los cuales no era posible celebrar las ceremonias más importantes, incluida la danza del sol. Sólo las mujeres estaban autorizadas a abrir los hatos y entregar los objetos sagrados a los hombres, así como a convocar a los espíritus. Antes de la danza del sol, las integrantes de la Sociedad de las Viejas construían un refugio ceremonial con forma de corral para bisontes. Durante el cuarto día de la ceremonia representaban la entrada de los bisontes en el corral, en el cual algunos miembros llevaban tocados de bisonte y lo imitaban. Este acontecimiento se representaba en honor del espíritu creador, el bisonte y la historia del pueblo.

En ocasiones las sociedades sagradas tenían a su cargo ceremonias muy concretas.

En el caso de los crows de las llanuras noroccidentales, la Sociedad del Tabaco era responsable de la ceremonia del tabaco, considerada crucial para la prosperidad de la tribu. Los crows creían que sólo sobrevivirían si seguían plantando las semillas de las plantas originalmente cultivadas. La ceremonia comenzaba por la plantación ritual, que estaba a cargo del tabacalero. Aunque se trataba de un cargo hereditario, cualquiera podía comprar el derecho a convertirse en tabacalero. Este ritual incluía la abstención de beber y comer durante varios días y, además, se cortaba o se quemaba los brazos y el pecho. A cambio del honor de plantar las semillas, renunciaba a sus posesiones terrenales.