LA PÉRDIDA DE LAS TIERRAS

En el siglo posterior a la fundación de Estados Unidos, en cada tribu había guerreros dispuestos a luchar contra el ejército estadounidense, por lo general contra obstáculos abrumadores. Entre los más célebres figuran el jefe sauk Black Hawk, que Caballo Loco en 1832 encabezó la resistencia en el valle del Misisipí; Manuelito, el jefe navajo que estuvo en activo entre 1863 y 1866; Lone Wolf, jefe kiowa en la guerra del río Rojo (1874-1875), librada en las llanuras meridionales, y Dull Rnife, jefe cheyene que combatió en las llanuras centrales y que, en 1879, encabezó una espectacular fuga del cautiverio en el Fort Robinson, en Nebraska.

Las rebeliones de estos cabecillas fracasaron y los supervivientes tuvieron que sobrellevar la vergüenza y los sufrimientos de la derrota. Algunos jefes, como el sioux Caballo Loco, siguieron mostrándose desafiantes y murieron en cautiverio. Otros, como Jerónimo, vieron quebrantado su espíritu o, como Toro Sentado y el jefe Joseph, pasaron el resto de su existencia en reservas, casi siempre muy lejos de sus patrias. Hasta último momento se preocuparon por el bienestar de su pueblo, interés que, en el caso del citado Toro Sentado, finalmente le costó la vida.

El espíritu de los cabecillas de la resistencia perdura en los más pacíficos pero igualmente decididos jefes nativos de nuestros días. Activistas como Dermis Banks y Russell Means siguen reclamando el derecho a vivir en una sociedad norteamericana aborigen, como también lo hacen administradoras y políticas como Wilma R Mankiller, activista universitaria y antigua jefa de la nación cherokí, o Nellie Cornoyea, la inuvialuk que en 1991 fue nombrada jefa de gobierno de los Territorios del Noroeste canadiense. Estas cabecillas buscan indemnizaciones por las pérdidas de tierras e indios en el pasado y pretenden garantizar las oportunidades educativas y económicas que la sociedad norteamericana moderna suele dar por supuestas.

Los jefes nativos también tienen más fuerza porque ejercen el poder político en las mismas asambleas y legislaturas que en el pasado votaron la retirada, el confinamiento y la destrucción de su pueblo. En 1990, Elijah Harper -miembro cri de la legislatura de Manitoba- impidió por su cuenta y riesgo la aprobación del Meech Lake Accord, anteproyecto que pretendía enmendar la constitución federal canadiense a fin de satisfacer las exigencias de los quebequeses francófonos, que querían que se los considerase una sociedad definida en el seno de Canadá. Harper se negó a apoyar un anteproyecto que no garantizaba los mismos derechos para los aborígenes del país.

En los últimos años, las tendencias culturales que imperan en la sociedad blanca dominante han acrecentado la fama de jefes espirituales como Alce Negro. Los que siguen trabajando por las tradiciones nativas también han presentado el arte norteamericano aborigen al público internacional. Entre los artistas de mayor renombre figuran Charles Edenshaw y Bill Reid, tallistas según el estilo tradicional de los haidas, el joyero hopi Charles Loloma; el washo tejedor de cestas Datsolalee y los escultores y estampadores inuit Etungat y Kenojuak. Asimismo, existen infinidad de escritores, actores, bailarines y dramaturgos cuya obra, que en ocasiones adquiere formas occidentales, también ha contribuido a resaltar la belleza, el dramatismo y la intensidad de la cultura aborigen norteamericana.