LOS RELATOS DE LA CREACIÓN

Las narraciones norteamericanas autóctonas del modo en que el mundo empezó a existir son dramas representados por personajes en marcos que están en consonancia con el entorno en que dichas historias surgieron. Los relatos de la creación incluyen h umanos, animales y seres sobrenaturales que adoptan forma humana o animal. Los acontecimientos cósmicos se basan en experiencias humanas como la unión sexual, la separación, las grandes pruebas de fuerza y los recorridos largos y difíciles.

Los relatos se perpetúan mediante la tradición oral y las personas sagradas, los narradores y los estudiosos aborígenes los recrean en cada narración y suelen incorporar elementos nuevos adquiridos por intermedio de los sueños, las visiones y las experiencias contemporáneas. En los últimos cinco siglos han sufrido el influjo de las enseñanzas del cristianismo y de los movimientos religiosos panindios, que han introducido sus potentes metáforas sobre los inicios del mundo.

Según algunas narraciones, los dioses crean el mundo en un vacío informe. En los relatos apaches, Viento Negro creó la tierra, Viento Amarillo le proporcionó luz y otras divinidades colaboraron con las características del paisaje y las formas de vida. Otros pueblos creen que el mundo existe desde siempre y que al principio era una llanura sin rasgos distintivos y sumida en la oscuridad hasta la intervención de un gran espíritu. Para los shastas californianos, Chareya (el viejo de arriba) vivía en el mundo celestial, pero hizo un agujero en el cielo y descendió a la tierra sobre una pila de hielo y nieve que hizo pasar a través del orificio. El sol asomó por el agujero, derritió el hielo y creó el mar, los lagos y los ríos. Chareya plantó árboles y, a partir de las hojas, creó las aves. El mito iroques de la creación también alude al descenso del cielo.

En algunos cuentos sobre los orígenes interviene el sexo. Por ejemplo, un relato inuit de la creación afirma que dos hombres escaparon del gran diluvio universal y convivieron como marido y esposa. Al quedar embarazado, el pene del hombre «esposa» se partió, por lo que se convirtió en mujer y dio a luz al primer niño.

Muchos norteamericanos nativos de nuestros días consideran el planeta como una esencia viva personificada por la Madre Tierra. Para la mayoría de las tribus probablemente se trata de una concepción muy reciente (es decir, posterior al contacto con los europeos), aunque para otras se remonta a una tradición francamente antigua. Por ejemplo, los pueblos de la familia lingüística salish -que habitan en el interior de la Columbia Británica- cuentan que el gran espíritu Viejo creó la tierra a partir de una mujer. Dicha mujer está tumbada boca arriba y las personas viven sobre ella. Los árboles y la hierba son sus cabellos, el suelo es su carne, las rocas son sus huesos y el viento, su aliento. Cuando tiene frío es invierno y cuando siente calor llega el verano. Cada vez que se mueve desencadena un terremoto.

Tradicionalmente los indios han buscado en el paisaje y en los animales indicios de las imágenes sagradas, las voces y los hechos de la época en que las cosas comenzaron a existir. Con frecuencia aseguran que los animales conocidos desempeñan un papel decisivo en el proceso de la creación: por ejemplo, muchos relatos incluyen al «buceador de la tierra». Este mito corresponde a una heroica narrativa de la creación y, en diversas formas, está presente en todo el mundo. En muchas versiones norteamericanas autóctonas, la tierra cobra existencia en tanto caos acuoso e infinito en el que no hay tierra firme. Un ser pide a varios animales que se sumerjan hasta el fondo del océano y recojan barro. Finalmente alguno lo consigue y con ese barro rescatado se crea la tierra firme. Estos animales reciben el nombre de «buceadores de la tierra» y en ocasiones son héroes menudos y modestos. En el relato cherokí, el buceador de la tierra es un escarabajo de agua, mientras que para los chickasaw se trata de un cangrejo de río y para los cheyenes es una fúlica.

Los relatos de los buceadores de la tierra son más habituales entre los pueblos cazadores y recolectores, que se basan en la rica y profunda relación que sostienen con los animales de los bosques, los desiertos y las praderas. Algunos grupos agrícolas -como los iroqueses- también comparten esta tradición, lo que apunta a que la narración es anterior a la adopción del estilo agrícola de vida.

Otros relatos de la creación explican que las primeras personas brotaron del suelo, igual que los cultivos. Estas versiones son más corrientes entre tribus agrícolas como los pueblos del suroeste. En estos mitos, la lucha por la existencia suele adoptar la forma de una gran migración a través de diversos mundos para llegar al actual. El relato caddo de los orígenes cuenta que Luna -el primer hombre- creó millares de personas en una sola aldea de un mundo dominado por la oscuridad y, con la ayuda del timador Coyote, las condujo por un orificio hasta el mundo actual. Muchas perdieron el rumbo durante el trayecto hasta la patria de los caddos y se convirtieron en los antepasados de otras tribus. Los que se quedaron con Luna se instalaron en un lugar denominado Madera Alta de la Cima de la Colina y, con la colaboración del primer hombre, de Coyote y de otros seres gradualmente se convirtieron en la tribu de los caddos. Con el paso del tiempo, el habla de los que se apartaron durante el recorrido se convirtió en diversas lenguas, si bien en los orígenes todos hablaban el caddo.

Para la mayoría de los indios norteamericanos, el paisaje sustenta la memoria de los grandes acontecimientos a fin de que el pueblo recuerde siempre su identidad. Por ejemplo, el mundo tewa está rodeado por cuatro montañas y cuatro colinas sagradas, en el centro de las cuales se encuentra el orificio del que creen que salieron los seres humanos. Los hopis representan el sagrado lugar de la salida como un agujero en el suelo de la kiwa (cámara ceremonial).

La gran kiva de Chetro Keti es uno de los poblados de los antiguos anasazis en Cañón Chaco, Nuevo México. Incluso en el presente las kivas son el centro de la vida ritual tradicional de los hopis y de otros indios pueblos del suroeste. En las cámaras ceremoniales de los hopis, la depresión del suelo llamada sipapu recuerda el orificio a través del cual las primeras personas llegaron al mundo presente en la historia hopi de la creación.