LOS SERES SAGRADOS

Las prácticas religiosas que se basan en un espíritu o tótem personal desempeñan un papel importante en la existencia cotidiana de casi todos los indios norteamericanos. De todas maneras, parece que algunos pueblos tienen mayor contacto con el mun do de los espíritus. Los antropólogos utilizan ampliamente la palabra «chamán» para referirse a estos individuos. El chamán es un especialista en religión que ha adquirido poderes extraordinarios para ocuparse de lo sobrenatural, generalmente después de haber sido poseído por los espíritus. Cabe decir que muchos norteamericanos nativos rechazan esta palabra por considerarla un término general procedente de una cultura foránea -los tunguses, pastores de renos de Siberia oriental-que, además, no abarca la diversidad de especialistas nativos. Probablemente lo más adecuado es definirlos como «seres sagrados».

Los seres sagrados van desde la persona que, sin proponérselo específicamente, tiene una poderosa visión que le sirve de guía para el futuro hasta el practicante especializado que está en comunicación constante con los espíritus y que es capaz de manipular el mundo circundante.

La primera categoría incluye famosos jefes guerreros como Toro Sentado y Caballo Loco, cuyos pueblos a menudo los consideraron hombres sagrados. Aprovecharon sus contactos limitados con el mundo espiritual en beneficio del pueblo, sobre todo para guerrear. Es evidente que no se los puede considerar chamanes, expresión más adecuada para referirse a la segunda categoría de seres sagrados: la persona que intenta influir e incluso imponer su voluntad a lo sobrenatural, como el chamán yaqui que pretende transformar su cuerpo en el de un animal.

Los forasteros suelen llamar «hechiceros» a los seres sagrados, vocablo que en ocasiones se emplea peyorativamente. De todos modos, podría ser pertinente cuando la capacidad visionaria de una persona sagrada se relaciona con el diagnóstico y la curación de una enfermedad.

Los aborígenes ven a los seres sagrados como un peculiar punto de contacto entre el mundo natural y el de los espíritus. Por regla general actúan en bien del pueblo, aunque en ocasiones utilizan sus aptitudes para hacer daño a individuos o a grupos a los que identifican como enemigos.

Entre las labores más importantes de los seres sagrados figuran el bienestar físico del pueblo mediante la prevención, el diagnóstico y la curación de enfermedades. Las causas de las dolencias son múltiples. Por ejemplo, la enfermedad puede deberse a las artes de la hechicería o de la brujería. Los apaches occidentales estaban convencidos de que algunas de las enfermedades más graves se debían a una actitud incorrecta hacia lo sagrado. Las dolencias los atacaban cuando alguien transgredía los tabúes en torno a las cosas en las que, según creían, moraba el poder sagrado. Por ejemplo, cocinar un estómago de ciervo, comer la lengua o separar la cola del pellejo de este animal ofendía al poder del ciervo. Pisar la cola de una serpiente o recostarse en un árbol alcanzado por un rayo también desencadenaban enfermedades. Los tabúes por los cuales no estaba permitido orinar en el agua o defecar en un maizal poseían un valor práctico evidente.

Cuando un miembro de la tribu enfermaba, convocaban al ser sagrado para que hallase las causas y procediera a la curación. Los ceremoniales de curación de los apaches occidentales eran prácticas comunitarias. Con el propósito de que los presentes se concentraran y reafirmasen su fe en los poderes en curso, la persona sagrada u otro anciano narraban relatos sobre el origen del ritual. La ceremonia propiamente dicha tenía un inicio espectacular, con hogueras y al son de tambores. A continuación la persona sagrada entraba en la morada del enfermo, se sentaba junto a la fogata y entonaba cánticos mientras el paciente permanecía inmóvil durante casi dos horas. Luego había una pausa, en la que el sanador y los presentes comían y bebían tulpai -bebida de maíz fermentado-, mientras el enfermo luchaba denodadamente por mantenerse despierto. Alrededor de las tres de la madrugada se reanudaban los cánticos para invocar los poderes del ciervo de cola negra y de los seres a los que llamaban Ga'an. Al romper el alba, el ser sagrado dejaba de cantar, espolvoreaba la cabeza y los hombros del paciente con polen de espadaña y le acariciaba la frente con «hierba luminosa». Agotada, la persona sagrada entonaba dos cánticos más y la ceremonia tocaba a su fin.

En el caso de los atapascos tananas del subártico, el ser sagrado se rodeaba de diversos ayudantes espirituales para la curación. Tal vez soñaba con objetos naturales con propiedades medicinales que, una vez despierto, recogía y trasladaba en una bolsa. El tanana sagrado disponía de variadas «herramientas» rituales, como cantos, tambores, carracas y máscaras espirituales. La curación incluía la representación ceremonial mediante la cual espantaba a los espíritus malignos que provocaban la enfermedad. Para este proceso era decisiva la capacidad de sumirse en trance y ponerse en contacto con el mundo de los espíritus. Con la colaboración de un espíritu guardián determinado, el ser sagrado averiguaba qué espíritu había provocado el problema y lo intimidaba mediante una demostración de fuerza. Con frecuencia la curación suponía la extracción de un objeto sólido del cuerpo del paciente, objeto que podía ser una piedra, un trozo de cuerda o un proyectil. La familia del paciente pagaba al curador los gastos del tratamiento.

Muchos seres sagrados utilizan plantas medicinales. La curación con plantas incluye los juegos de manos, aunque conviene puntualizar que un ser sagrado no es un mero prestidigitador, ya que posee un conocimiento profundo -adquirido a través del aprendizaje- de las hierbas y las plantas farmacológicamente activas con efectos curativos.

El adivino es otro tipo de persona sagrada. La adivinación es una actividad religiosa esotérica que practican unas pocas personas dotadas de poderes especiales. Dicho de otra manera, se trata de una estrategia para descubrir cosas: el adivino averigua las causas de la brujería o la hechicería, ayuda a encontrar algo perdido o robado y vaticina el resultado de una partida de caza.

El adivino puede ayudar al sanador a averiguar qué tabú ha violado el paciente y prescribir el procedimiento más adecuado para el tratamiento del enfermo, incluidos los momentos en que han de celebrarse los rituales y la persona sagrada a la que hay que pedir ayuda. Los hurones del noreste contaban con tres tipos de adivinos que eran muy respetados y estaban generosamente remunerados.

Los de una clase encontraban objetos perdidos, otros predecían acontecimientos futuros y el tercer grupo curaba las enfermedades. Los que atendían a los enfermos recibían el nombre de ocata o saokata. Cada uno contaba con su oki o espíritu familiar, que durante un sueño solía revelarle la dolencia. En otras ocasiones, el adivino buscaba la revelación contemplando un cuenco de agua o el fuego. Algunos sufrían un frenesí, ayunaban o se encerraban en el refugio del sudor a oscuras.

Entre los navajos la forma de adivinación más habitual es el «temblor de la mano». Cuando alguien enferma, un intermediario -por lo general un miembro de la familia del paciente- establece contacto con el ser sagrado denominado «temblador de la mano», acuerda la hora de la visita y le ofrece los honorarios. El temblador se sienta junto al paciente. Se lava las manos y los brazos, toma polen y, desplazándose de derecha a izquierda, lo deposita en las plantas de los pies, las rodillas, las palmas de las manos, el pecho, entre los hombros, en la coronilla y en la boca del paciente.A continuación el adivino se instala a un metro a la derecha del paciente. Toma más polen y, a partir de la vena del interior de su codo derecho, lo extiende por el brazo hasta llegar a las yemas de los dedos. Mientras realiza esta tarea reza lo siguiente: «Monstruo de Gila negro, dime por favor qué le pasa a este paciente. Te daré una cuenta de azabache si me dices qué enfermedad lo aqueja.» Repite la oración con cada dedo y asigna respectivamente un color distinto al monstruo de Gila (un tipo de saurio) y a la cuenta. Luego entona la «canción del monstruo de Gila», durante la cual le tiemblan el brazo y la mano, en ocasiones violentamente. El adivino interpreta el temblor a fin de conocer la información buscada.

Cuando esta técnica se aplica con fines distintos al diagnóstico de enfermedades, el cliente no está presente. En el caso de objetos perdidos se utiliza un trozo de tela. Si se trata de un robo, el adivino puede ser conducido hasta el sospechoso, al que sujeta del hombro.