POBLAMIENTO DE AMÉRICA DEL NORTE

Este mapa muestra la extensión de los glaciares durante el período «de Wisconsln», el postrero avance glacial del último período glaciar. Los glaciares retuvieron tanta agua que el nivel del mar descendió y, en el estrecho de Bering, dejó al descu Poblamiento América del Norte bierto una lengua de tierra que unía Siberia y Alaska. Suponemos que a través de esta lengua -denominada Beringia- los seres humanos se trasladaron desde el noreste de Asia hasta América del Norte, desde donde paulatinamente se extendieron por todo el continente. Las rutas migratorias, tema que sigue siendo objeto de profundos debates, revelan el modo en que los humanos se desplazaron al interior del continente por los pasillos sin hielo durante los cortos períodos de deshielo.

Los vestigios de la existencia de los primeros habitantes de América del Norte suelen encontrarse bajo capas de tierra acumuladas a lo largo de milenios. Casi nunca se descubren indicios de la primitiva presencia humana, se trate de herramientas de piedra trabajada, huesos de animales, fosos donde hacían fuego y otros restos, aunque pueden aparecer a resultas de la erosión de las laderas de un valle o hallarse por casualidad bajo los escombros de los refugios y las cuevas de piedra. Sin embargo, hasta el más sencillo descubrimiento contribuye a que los arqueólogos representen la vida humana en el continente americano durante el último período glaciar.

Las evidencias materiales de las que disponemos demuestran que hace más de diez milenios los pueblos cazadores vivían en varias regiones muy separadas entre sí: el noreste, las llanuras occidentales, el suroeste y el norte de Alaska. Este mundo antiguo estaba escasamente poblado por grupos reducidos que cazaban mamuts, mastodontes, bisontes gigantes y numerosos animales de tamaño mediano y pequeño, como ciervos y conejos. Los cazadores habitaban en moradas provisionales y se desplazaban según la disponibilidad de la caza. Practicaban un estilo de vida que, hasta fecha reciente, era posible ver en los bosques subárticos del norte de Canadá.

Los restos humanos más antiguos hallados en América corresponden a una fecha muy posterior a la de los encontrados en Asia. Durante el último período glaciar, la lengua de tierra de Beringia convirtió América del Norte y Asia en un solo continente. Estos hechos, a los que hay que sumar el parecido físico entre los pueblos norteamericanos nativos y asiáticos septentrionales, apuntan a que es posible que los cazadores de mamuts llegaran a América desde el oeste. Aunque durante el último período glaciar extensos glaciares cubrieron casi todo el norte, a lo largo de los 40.000 años pasados hubo épocas de clima algo más cálido, por lo que se abrieron pasillos sin hielo que llegaron hasta el interior del continente: uno que probablemente discurrió a lo largo de la costa y otro o varios paralelos al borde oriental de las Rocosas. La posibilidad de emigrar cruzando Beringia tocó a su fin con el calentamiento climático, el retroceso del hielo por última vez y el hundimiento del puente de tierra debido a la subida del nivel del mar.

La hipótesis de que la ocupación humana del continente es relativamente reciente se basa en la ausencia de yacimientos norteamericanos que puedan fecharse con toda seguridad antes de 15000 a.C. Empero, las pruebas encontradas en América del Sur apuntan a que el patrón de ocupación humana de América fue mucho más complejo. En el extremo sur, en la Patagonia, existen yacimientos ocupados en fecha tan temprana como los norteamericanos. Por consiguiente, los seres humanos debieron de migrar a América del Norte en fecha muy anterior. Las excavaciones realizadas recientemente en Brasil han revelado muchas sorpresas: artefactos que, según apuntan los arqueólogos, podrían superar los 30.000 años de antigüedad, lo que indica que es posible que los seres humanos se desplazaran hasta América del Norte en una época en que la lengua de tierra no existía. A decir verdad, su ausencia no impidió que los pueblos marineros del Ártico asiático -antepasados de los inuit- se asentaran en las costas septentrionales de Alaska y Canadá varios miles de años después. De todos modos, no existen pruebas irrefutables de la presencia humana en América del Norte antes de h. 15000 a.C.

La presencia o ausencia de pruebas fechables no es la única cuestión que se plantea al analizar el poblamiento de América del Norte. Acostumbrados a las soluciones científicas, los europeos prefieren las hipótesis migratorias que se deducen del análisis sistemático de yacimientos, artefactos, tablas cronológicas y mapas. Al adoptar la perspectiva científica se suele pasar por alto el hecho indudable de que los primeros norteamericanos jamás se consideraron emigrantes que abandonaron un continente a fin de emprender una nueva vida en otro. Simplemente llevaron la misma existencia de siempre y se trasladaron de un lugar a otro en pos de los animales de caza.

Existe otra explicación de la presencia humana en América: el pueblo ha ocupado la tierra desde los albores de los tiempos. Esta idea está presente en muchas tradiciones nativas e incluso hoy sigue siendo una cuestión religiosa y política. Las mitologías de muchos pueblos indios actuales, como los ojibwas y los hopis, cuentan que las primeras personas deambularon desde el lugar del origen hasta su posterior patria. Los relatos de la creación o del origen también reflejan el estilo de vida de cada pueblo. Por ejemplo, las historias de la creación de pueblos agrícolas asentados -como los indios pueblos- aluden al surgimiento de la tierra en determinados sitios del paisaje. Los relatos de muchos grupos cazadores y recolectores tradicionales se hacen eco de sus clásicas existencias a la búsqueda de animales de caza o de visiones. Estas narraciones suelen referir que cierta cantidad de seres se sumergió hasta el fondo de un gran mar para buscar el barro con el que formar la primera tierra.A medida que el clima se calentó y se volvió más seco, los glaciares y la tundra retrocedieron hacia el norte y fueron reemplazados por prados y bosques. Los gigantescos animales del período glaciar desaparecieron; algunos científicos postulan que fueron perseguidos hasta la extinción. Los seres humanos adoptaron un estilo de vida más consagrado a la caza y a la recolección. Inventos como el arco, la flecha y la alfarería se crearon varios milenios después y, en los sitios donde el clima era adecuado y el suelo fértil, los habitantes cosecharon maíz, judías y otros cultivos. Gracias a la introducción de la agricultura, valles fértiles como los de los ríos Misisipí y Ohio proporcionaron a las sucesivas culturas de Adena, Hopewell y misisipiense los recursos y la energía para construir grandes ciudades, erigir elevados monumentos de tierra, crear espectaculares obras de arte y desarrollar complejas creencias religiosas. En otros sitios los humanos siguieron dedicándose a la caza, la pesca y la recolección tradicionales.

Los pueblos de América del Norte en modo alguno permanecieron estáticos y aislados durante los milenios anteriores a la llegada de los europeos. Recorrieron grandes distancias para trocar materiales como piedras y conchas, con los que fabricaron, respectivamente, herramientas y adornos. A medida que los grupos se desplazaron de un sitio a otro, las lenguas se multiplicaron y extendieron. La magnitud de la actividad desplegada en dicha época se refleja en el hecho de que los que hablan lenguas emparentadas actualmente están separados por inmensas distancias. Las lenguas de los navajos y los apaches del suroeste están emparentadas con las de los cazadores de Alas-ka y del territorio del Yukón.

Por consiguiente, en vísperas de la invasión europea, América del Norte era un sitio en el que los humanos habían prosperado como mínimo durante 15 milenios y tal vez desde mucho antes. Los cambios que se desencadenaron y que ejercieron una influencia tan devastadora en los pueblos autóctonos responden a las profundas diferencias de interpretación que aún separan las culturas aborígenes de las europeas. En lo que a los norteamericanos nativos se refiere, la tierra era un lugar ocupado, administrado y conocido, mientras que los exploradores y colonizadores blancos sólo vieron una extensión vacía a la espera de ser conquistada.